7 de febrero de 2008

Nueva Zelanda. Greymouth.

Nunca vi un país con tanta información turística como éste. No hacen falta guías, en cualquier sitio es posible encontrar mapas e infinitas actividades, todo muy bien preparado para que te dejes los dólares. Fácil, cómodo, no excesivamente caro y bonito.

Quizás el modo de hacer turismo en Nueva Zelanda pasa necesariamente por apuntarse a excursiones y actividades varias con el desembolso correspondiente. Se echa en falta el otro tipo de turismo, que a mi particularmente me gusta más, aquel en el que el simple hecho de pasear por las calles te ofrece imágenes insólitas de gentes extrañas con costumbres del lugar, pero me temo que esas imágenes no son posibles en los países desarrollados. En cualquier caso está bien cambiar de vez en cuando, y ahora tocan lugares para turistear.
¿Y los alojamientos? Ciertamente envidiables, cualquier backpacker tiene una calidad extraordinaria. Me recuerda a los encontrados en Escocia, aunque el precio nada tiene que ver.
Por aquí se dedican a tallar piedras de jade, de manera bastante laboriosa, que luego venden en numerosas tiendas de la ciudad. Vi como uno de estos artesanos trabajaba una piedra con tornos y fresas, con mucho mimo y cuidado. ¿Por qué no compra una fresa de control numérico? Le sugerí. Seguro que en vez de tardar 48 horas, como decía, tardaba 2 minutos. Los chinos hacen lo mismo, artesanalmente, y lo venden infinitamente más barato.
En Greymouth coincidí con un alemán, una alemana y una suiza de nombres que no recuerdo ahora mismo porque tienen letras raras, pero que tengo por ahí apuntados.

Vimos la ciudad, que en media tarde esta despachada, cocinamos la cena y estuvimos de risas mil. ¿Será porque nos bebimos dos botellas de vino?